Esta oscura emoción está fuertemente ligada al miedo. Cuando nos avergüenza lo que sepan de nosotros, nos llena de angustia lo que piensen, porque, presumimos, de ahí vendrá el abandono, o rechazo callado, y nos parece insoportable que nos miren y nos sonrían, seguimos suponiendo, con esa sonrisa falsa, que encubre un mal concepto, que guarda un desprecio inconfesable.

Las emociones son las diferentes maneras como cada persona responde a sus vivencias cotidianas. Hoy en día no se habla de cuatro o seis emociones básicas como felicidad, tristeza, miedo, ira, puesto que constituyen una amplia gama, muchas de las cuales se relacionan estrechamente entre sí. Algunas son muy deseables, otras muy negativas. Entre las peores, por su duración y sus efectos, está la vergüenza.

En mi larga vida he escuchado historias muy dolorosas de personas que no lograron sobrevivir a la vergüenza: un empresario pone fin a su vida cuando, llegado el momento, no pudo hacerle frente al desastre financiero que lo tenía a las puertas de la cárcel. Un niño de 13 años emplea la misma fórmula, antes de que sus acosadores cumplan la amenaza de publicar en las redes sociales imágenes obsenas que habían conseguido por la fuerza. Hombres homosexuales viven un infierno con sus esposas y viceversa. Un hombre mayor abandona el hogar, sin llevarse más que su vestido, la última noche que deja el casino y en él su dinero y su patrimonio.

Siempre supieron que estaban en grandes problemas, pero nunca acudieron a la persona indicada, no le pidieron ayuda a nadie. ¡Si hubieran hablado con alguien, si hubieran exteriorizado sus problemas, si hubieran buscado a quien pudiera darles la mano! No lo hicieron porque los mató la vergüenza social, el qué pensarían, el qué dirían, los amigos, la familia, las personas que los apreciaban.

Esta oscura emoción está fuertemente ligada al miedo. Cuando nos avergüenza lo que sepan de nosotros, nos llena de angustia lo que piensen, porque, presumimos, de ahí vendrá el abandono, o el rechazo callado, y nos parece insoportable que nos miren y nos sonrían, seguimos suponiendo, con esa sonrisa falsa, que encubre un mal concepto, que guarda un desprecio inconfesable.

Y no es así. Con plena seguridad, cuando pase la sorpresa, nos admirarán por nuestro valor de asumir los problemas y las debilidades propias. También me lo ha enseñado la práctica profesional y el privilegio de haber sido amiga de muchas personas que han hecho prevalecer su autoestima por encima de la opinión ajena.

¡Al diablo con el miedo a las demás personas! Que sepan de mí lo que sea, que piensen lo que quieran, yo reconozco y afirmo mi ser auténtico, con tal de no tener vergüenza de mí mismo, ni avergonzar a quienes me dan su amor, el único que me acompañará hasta el último día.

 

María Cecilia Betancur, 20 noviembre 2018

 

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