“Mi compañera de trabajo y yo nos encontrábamos en la fase de preparación de una serie de seminarios sobre liderazgo. Para algunas de las actividades programadas, necesitábamos una gran variedad de juguetes pequeños que se podían conseguir en cierto lugar ubicado en el centro de la ciudad, a tres cuadras del palacio presidencial y los demás edificios del gobierno, pero también muy cerca de una zona de alta peligrosidad denominada “Calle del Cartucho”. Esta calle era famosa por ser guarida de toda clase de delincuentes, drogadictos y vagabundos; tan peligrosa, que las mismas autoridades de policía temían entrar allí, a menos que lo hicieran en piquetes de cinco o seis Ya estábamos muy cerca de la gran manzana de almacenes, pero, como no conocíamos la zona, seguimos la vía equivocada, y, de un momento a otro nos vimos inmersas en el puro corazón de El Cartucho. Ante nuestros ojos aparecieron hombres y mujeres casi desnudos, algunos tirados a lado y lado de la estrecha calle, dejaban ver heridas, en tanto que otros otros inhalaban pegante o se drogaban de cualquier forma. Una horda de jóvenes y viejos, trajeados con hilachas mugrosas, con sus caras sucias, las bocas desdentadas, el cabello enmarañado y mugriento, los ojos desorbitados, la mirada agresiva, se lanzaban sobre el parabrisas dando golpes, y nos hacían gestos amenazantes, mientras proferían palabras que no podíamos escuchar. El carro se balanceaba por el empuje de los que golpeaban de lado y lado. No había modo de dar marcha atrás. Decenas de personas de igual pinta y condición cerraban la calle. Era el infierno de Dante. Por delante un camión mediano, que tal vez había corrido la misma suerte, avanzaba lento, tratando de abrirse paso. Lo único que pudimos hacer para menguar el horror de la agresión fue pegarnos a él. Al menos los asaltantes no podían amenazarnos de puro frente. Durante todo el tiempo que duró “el cruce por el infierno”, como llamamos mi compañera y yo este trance tan espeluznante, mi cuerpo sufrió una alteración que no recuerdo haber tenido jamás: el corazón me palpitaba con una fuerza impresionante, como si pugnara por salir disparado del pecho; creí que las sienes iban a estallar de un momento a otro; sentí la boca reseca, el cuerpo bañado en sudor frío, las manos y las piernas me temblaban espantosamente, y una debilidad inmensa se apoderó de mí, más aún cuando el peligro hubo pasado. En medio de esta catarata de alteraciones físicas, mi mente corría como loca a toda velocidad estrellándose contra las paredes del cerebro, disparando perdigones de tinta como en el juego de paintball y formando frases de todas las cosas terribles que podían sucedernos en manos de aquella turba.

Después de unos minutos que nos parecieron toda una eternidad, vimos el final de la calle. En la esquina, varios policías se nos acercaron para preguntarnos cómo era que nos habíamos metido en un lugar tan espantoso como ese.. “¡no saben el peligro que corrieron!”. Unas cuadras más adelante, mi colega se detuvo en una avenida principal; sin decirnos ni una palabra, nos abrazamos y prorrumpimos en un llanto largo y entrecortado. Ese día supe, cabalmente, lo que es el el miedo: miedo es advertir un peligro, pensar cosas horribles, y sentir que todas las fuerzas te abandonan”.

La cara es horrible, pero el miedo tiene sus bondades. Cualquiera se preguntaría para qué puede servir una experiencia tan aterradora como la que acabo de narrar. Aterradora, me pareció a mí, aunque hay vivencias pavorosas que sobrepasan lo imaginable. Por supuesto, no hay que olvidar que, en la valoración de la intensidad del miedo, la subjetividad juega un papel definitivo. Lo que para mí fue la mayor pesadilla de mi vida, para otra persona puede ser algo muy miedoso pero no como para sentirse terriblemente afectado. A partir de aquel día nefasto, en cualquier lugar del mundo, las calles vacías, desconocidas, me causan inquietudd, máxime si la ciudad, o el sector, no goza de buena fama en materia de seguridad. Así que evito transitarlas, a menos que no tenga más alternativa. En este caso, tomo medidas de precaución que son elementales: salgo temprano, voy acompañada, no llevo joyas ni prendas de vestir ostentosas, dejo en casa los dispositivos electrónicos y las tarjetas de crédito, cargo una pequeña cantidad de dinero y, por cualquier urgencia, un viejo y ordinario teléfono celular. Si antes era poco cuidadosa, a partir de mi “paseo” por El Cartucho aprendí que en todas partes, y en cualquier momento, se corren riesgos; que es preciso prepararse antes de salir, prestar atención al camino por donde uno va, y observar qué pasa alrededor, eso sí, sin llevar a cuestas la carga de ansiedad de los obsesivos y paranoicos. Fue la gran lección que me dejó el miedo.

Aprende sobre  tus miedos y las estrategias para vencerlos, con la lectura y los ejercicios que te propongo en este libro.

Categorías: Piénsalo

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