Por María Cecilia Betancur

       Hilda, una mujer con marcada dependencia afectiva, alterada por la vida sexual que ella y Carlos, el esposo, llevaban desde hacía cerca de dos años, asistió a consulta con el deseo de saber si el comportamiento de ambos era normal entre las parejas __y si lo es __me dijo__, ¿cómo puedo quitarme de encima esta sensación de suciedad, de degradación, que no me deja en paz ni un solo instante?

Carlos es un buen esposo. Yo también. Vivo para él, me preocupo por hacerlo feliz. Mientras esté contento, nosotros no tenemos problemas. Por eso trato de darle gusto, de llevarle la corriente en todo, y para mí no es difícil. Pero en el plano sexual, aunque nunca le he dicho que no a ninguna de sus peticiones, cada día me siento peor. Sé perfectamente la importancia de llevarse bien y sé también que no podemos dejarnos caer en la rutina. Pero es que hay cosas…cosas que permito contra mi deseo, que me dejan un sabor amargo, como de asco, de vergüenza y culpa. Desde el noviazgo, era un hombre apasionado, algo atrevido, pero, al fin de cuentas, me parecía un buen amante. Después empezó a hablarme de ciertas prácticas que podrían ser excitantes y muy enriquecedoras para nuestra relación. Estuve de acuerdo, incluso me sentía orgullosa al verlo tan feliz. Debo confesar que todas las veces, por la mente me cruzaba la idea de que él nunca me dejaría por otra mujer. Después se le ocurríeron cosas que me provocaban malestar, cierto fastidio. Aunque yo le expresaba mi desagrado, siempre me rendía ante sus argumentos y accedía, para que él estuviera contento, aunque yo no sintiera sino rabia y repugnancia. Es verdad que él no me obligaba a nada, pero dejaba ver su frustración cuando ponía resistencia.

Nunca dejaba de repetirme que lo que hacíamos era absolutamente normal entre las parejas, necesario, además, para fortalecer el amor y tener más incentivos para vivir juntos. Hace poco intentó involucrarme en una de sus experiencias “creativas”, y fue tal mi aversión, que me largué del lugar y no volví a hablarle desde entonces. No sé si exagero, no sé si estoy en un error, pero me repugna seguir viviendo con él. Ya era difícil soportar mi propia vergüenza cada vez que le permitía “enriquecer nuestra relación” con sus extravagancias sexuales. Ahora ya no puedo más. O es un depravado, o está enfermo.

Las prácticas sexuales, como los demás comportamientos humanos, no son malas o buenas en sí mismas. Resultan adecuadas o inadecuadas según las consecuencias que originan en quienes las llevan a cabo, en otras personas cuando son utilizadas como simples objetos para tales fines y en el entorno social cuando con ellas se le hace daño a personas ajenas a la situación, como cónyuges, hijos y amigos. El juego erótico extremo tal como lo ha vivido Hilda, es para ella fuente de un gran turbación, lesiona su autoestima y afirma la actitud esclavista del esposo. Entraña un enorme peligro para la vida de pareja, puesto que el apetito insaciable de Carlos permite presagiar que Hilda no le alcanzará para mucho tiempo. Es lógico pensar que un día cualquiera comience a buscar experiencias más exitantes con otras personas. La relación llega a su fin, aunque ella, complaciente y sumisa, siga con él y dé vuelta a su cabeza hacia otro lado. También es lógico pensar que ella acepte el amor de un hombre que la valore, que la respete, que no la invite a ser su pareja porque puede doblegarla. Es fácil darse cuenta de que la complacencia extrema también mata el amor.

 

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