El enamoramiento es, en cierta forma, “un estado de consciencia alterada”.

Puede empezar a manifestarse bruscamente, como un flechazo, llamado amor a primera vista, o como la transformación de una relación que se inicia de manera amistosa. Cuando estamos enamorados podemos sentir sensaciones de frío o de calor y el corazón acelerado; nos ponemos a temblar, o enrojecemos ante la presencia de la persona que nos gusta o al oír su nombre. Vivimos pendientes de una palabra suya de afecto, de una sonrisa, una mirada, una llamada telefónica, o, al menos un mensaje de texto, para asegurarnos de que el deseo y la ansiedad son recíprocas. Nos sentimos totalmente seducidos por esa persona, todo cuanto hace o dice es maravilloso. Sentimos que tiene gracia, valor, honradez, coherencia, y es inteligente en grado sumo. Deseamos estar el máximo posible del tiempo con la persona amada, incorporarla a nuestro mundo, a nuestra vida. Buscamos contacto a través de la piel, la mirada, buscamos su proximidad, y deseamos llenarnos de su energía.

Vivir el enamoramiento es como estar en otro mundo. Es vivir en la fantasía. No vemos al amado como es, sino que sólo vemos algunas de sus partes, aquellas que deseamos ver o que deseamos que posea. Lo convertimos en la pareja ideal, interpretando su comportamiento con base en nuestras fantasías. Es la idealización de aquel a quien yo amo. Todo cuanto hace o dice nos parece hermoso, no tiene defectos, incluso no entendemos cómo alguien puede verle alguno; Incluso, lo que en otras personas nos parece negativo, en el ser amado no tiene importancia. En este período se altera nuestra manera de vivir el tiempo y el espacio, no existe otra realidad que la persona que nos encanta. El tiempo parece muy corto en su presencia y una eternidad en su ausencia.

Cuando alguien está enamorado es fácilmente reconocido por los otros a través de todo un lenguaje corporal, la forma de mirar al otro, de escucharle, de sonreírle. Enamorarse produce placer, nos volvemos más receptivos con todos los sentidos: somos capaces de detectar sutiles cambios en la voz, en la mirada, en el gesto; nos permitimos sentir con mayor intensidad las emociones y todo nuestro organismo se revitaliza. También aumenta nuestra autoestima, nos sentimos más seguros e importantes, queridos, incluso aquellos aspectos que antes no nos gustaban de nosotros mismos, ya no son relevantes. Es como si de repente nos sintiéramos hermosos, útiles, inteligentes, fuertes, deseados, y nos convertimos en todo aquello que queremos ser o que cree el otro que somos.

Una nube negra se cierne muchas veces sobre la persona enamorada, y es que esta pasión trae consigo la creencia irracional de que la otra persona ha de corresponder, pues lo contrario sería injusto.  No obstante, enamoramiento, como todos los procesos internos, es una cuestión individual, y a veces, y no siempre se da a dúo; en muchas ocasiones no es correspondido. En este caso, unido al placer, la dulzura y la esperanza del ensueño, está la tristeza, la melancolía amorosa. Es una experiencia que nos esclaviza, por cuanto nos ata, querámoslo o no, con la persona amada, incluso si ella no está interesada. La amamos intensamente y la hacemos objeto de nuestro deseo, de nuestras ilusiones y fantasías, pero la otra persona bien puede no sentir lo mismo, porque el enamoramiento no es algo voluntario, no surge de una decisión.  Nace o no se da nunca; y pasa, afortunadamente, como el dolor de ausencia.

         La realidad llega tarde o temprano

       El enamoramiento dura un período más o menos largo, tras el cual pueden suceder dos cosas: o se termina o se transforma. En una segunda etapa, cuando la atracción y el interés son mutuos, vamos pasando de la consciencia alterada a un mayor contacto con la realidad, y dejando atrás el tiempo de la idealización. Empezamos a ver en el amado otros  aspectos que, con seguridad, no nos gustan. Experimentamos, quizá, cierto desencanto, al percatarnos de que tenemos valores y formas de ver la vida diferentes. al percibir que lo vemos objetivamente. En muchos casos, después de algún tiempo, desaparece la magia, la vibración de los cuerpos, y el otro deja de seducirnos. Nos des-enamoramos. Esto es lo más frecuente en la mayoría de los enamoramientos. Cada experiencia es vivida como una experiencia hermosa, intensa, pero fugaz, especialmente en la adolescencia, donde se ensayan los caminos amorosos y se construye la propia identidad. Muchos enamoramientos nacen para concluir, formando parte del aprendizaje de la vida.

      Del enamoramiento al amor.

Para fortuna de muchos, cuando pasa la etapa de idealización, encontramos que la persona que vemos ante nuestros ojos nos llena, nos gusta, incluso más que antes, y decidimos compartir nuestra vida con ella. Desaparecen muchas de las reacciones físicas típicas de la etapa del enamoramiento, dando paso a un amor profundo y comprometido, realista y tierno a la vez, gracias al cual los dos miembros de la pareja se preocupan el uno por el otro y se cuidan, y se dan a la tarea de crecer y disfrutar como pareja y como personas.

Puedes profundizar más sobre este tema en mi libro UN AMOR QUE SIRVA O UN ADIÓS QUE LIBERE.

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