Era del tipo de mujer que pasa sin más ni más por la vida. Sentíase como una sombra gris, dueña de una presencia trivial. Un día decidió secuestrarse a sí misma resuelta a demandar atención. Se internó entonces en un viejo y sucio cuarto de hotel por días y semanas. Envió desde su laptop mensajes a todo el mundo pidiendo ser rescatada. Pero nadie los contestó. Una mañana se levantó y al mirarse al espejo pasó lo que cambiaría su vida –y sonrió por primera vez en mucho tiempo-: comenzó a padecer el síndrome de Estocolmo.

Reynaldo Bernal

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